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Cómo sobrevivir al día en que te pide que vayáis a elegir el color de la pintura y los muebles

Cómo sobrevivir al día en que te pide que vayáis a elegir el color de la pintura y los muebles
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Es inevitable. Tarde o temprano, después de la difícil decisión de ir a vivir juntos, llega el momento en que toca pintar y amueblar el piso, y aunque podemos pensar que será un trámite, engañados porque no van a elegir ropa, la cosa puede (y suele) complicarse hasta puntos insospechados.

¿No me creéis? ¿Pero es que no habéis visto el anuncio de IKEA? ¿No habéis visto a las parejas discutir por ello? Esto pasa, así que os vamos a intentar explicar cómo sobrevivir al día en que te pide que vayáis a elegir el color de la pintura y los muebles.

¿Engañados porque no van a elegir ropa?

Claro. Cuando empiezas a salir con una chica llega el día en que dice "me voy a comprar ropa, ¿te vienes?". Y tú, que no sabes de qué va la historia, o que si lo sabes no quieres decirle que no, porque no hay aún suficiente confianza como para decirle "Dios, ¡ni loco!", accedes y la acompañas a visitar una y mil tiendas y a probarse tropecientos modelitos.

Ella venga a aparecer y desaparecer en el probador, que qué tal me queda este, que creo que me aprieta, que tráeme una talla más, que aguántame el bolso. Y así es como te encuentras ahí fuera, en el pasillo de los probadores, a cuatro o cinco jóvenes actuando de perchero, aburridos como nunca, con un mal color que asusta, pensando en "¿no se suponía que esto de tener novia era divertido?".

Pues eso. Cuando tienes la lección aprendida inventas una excusa, o le dices que si quiere vaya con su madre, o con una amiga, que no sufra por ti, que luego te enseñe la ropa que se ha comprado y ya está, que la quieres mucho y que otra vez será.

"Cariño, vamos a elegir la pintura"

Y tú piensas que esto será diferente porque no es ropa y no hay probadores. Así que te dice que hay que elegir la pintura y dices "po vale, vamos". Y ahí que te plantas, sabedor de que te ve a tocar pintar un montón, a elegir color. Te enseñan la carta, con decenas de variaciones para cada color, y venga, vamos a elegir.

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¿Amarillo? Dices, iluso. Es una opción, pero es que ese color tiene muchas posibilidades. Puede ser clarito, puede ser oscuro, puede ser tirando a melocotón, o a verdoso, o a... y cuando por fin habéis decidido y piensas que solo hay que decir "pon 25 kilos que es para todo el piso" ella dice: "vale, ahora el de la otra pared".

"¿Qué otra pared?", dices sorprendido. Y te responde: "El que hemos cogido es para la pared donde está la cómoda del comedor, pero a la otra pared le entra menos sol y hay que poner otro más clarito. Como ahí va el cuadro con tonos marrones tendríamos que poner uno un poco más vivo, pero no tanto como para que resalte más que el cuadro".

Sí, lo sé... en ese momento te empieza a doler algo en la cabeza. Ese momento en el que empiezas a pensar si no serán momentos así los que acaban originando una embolia.

"Tenemos que elegir los muebles..."

Y llega el día en que ya tienes la pintura escogida y vas a por los muebles. Piensas que no será tan difícil teniendo en cuenta que no es ropa y que no hay tantos colores. Pero la cosa se empieza a complicar cuando te pide tu opinión: "va, que tú también vas a vivir ahí, ¿qué ponemos?" y lo que le dices no le acaba de encajar: "¿me estás diciendo que no podemos poner esta estantería porque quieres poner una tele de 50 pulgadas? Pues pones una de 30 y arreglado".

Taquicardia... vuelve la presión en la cabeza. Hasta notas que un lado de tu cara empieza a paralizarse: "cariño, la tele tiene que ser grande. Con 30 pulgadas no veremos nada". Y te dice que "ya, pero es que si es tan grande se va a comer media pared y entonces queda todo desequilibrado con respecto a los muebles, que se verán hasta pequeños... y venga, toma decisiones porque no me estás ayudando mucho".

Unos minutos después llegas a la zona de las cortinas: "¿Estas grises o las marrones? ¿En estor o panel japonés?". Y tú pensando "¿De qué habla?"... miras sus labios moverse y oyes su voz de fondo, mientras tratas de escoger la mejor opción. "Ya sé", te dices, "lo último que me sugiera". Y dices: "yo las pondría marrones y japonés", con cara de convencido. "¿Marrón y japonés? Creo que las cogeré en estor y grises. Lo siento cariño, me encanta que participes, pero tienes un gusto un poco raro".

"Pero... ¿para qué me preguntas si luego coges lo que te parece mejor?". "Cariño, tengo que saber tu opinión... esto es cosa de dos".

Ten siempre la última palabra

Y después de los muebles y las cortinas llegan las lámparas, que son lo peor. Son todas iguales, o casi. Te las ponen en el techo para que las veas ahí dando luz, para que te imagines cómo quedan en el techo de tu casa, y tienes que andar más de una hora mirando para arriba, y encima dan calor. Vuelves a pensar que al final sí te va a dar algo.

Ésta porque da demasiada luz, ésta porque da poca, esta con el cristal opaco que es preciosa, pero que como siempre había soñado con tener una tipo plafón, pues no. Y tú pensando "¿no vale con una bombilla?".

Así es, amigo. O parecido. Así que como hay que intentar sobrevivir ahí va el segundo consejo: "Ten siempre la última palabra"

¿Cómo? ¿Quieres que duerma en el sofá?, me diréis. No, tranquilos. Es una broma. Una broma antigua: "En mi casa yo siempre tengo la última palabra: lo que tú digas, mi amor".

¿Que cuál era el primer consejo? El de decir lo último que te sugiera. Si dice "¿quieres el sofá sin o con chaise longue?", dile "con". Si dice "¿te gusta más el armario color cerezo o wengué?", di "wengué", aunque no tengas ni idea de qué color es.

El segundo consejo, pues responder a todo: "lo que tú quieras, cariño... veo que tienes un gusto exquisito y hasta ahora coincido con todo lo que has dicho, así que te dejo que escojas tú". Si se lo toma bien, has triunfado. Si te mira raro porque piensa que estás intentando escurrir el bulto, o que tienes poca personalidad, salta al primer consejo.

Ese estado de ralentí neuronal y de veleta

Estos dos primeros consejos van bien para las primeras ocasiones. Cuando ya lleváis tiempo juntos y toca renovar muebles o hacer algún cambio quizás no sirvan y prefieras optar directamente por poner el cerebro en modo "standby", como al "ralentí". Los que somos padres dominamos mucho la técnica porque cuando llora uno o más niños y ves que no hay manera de solucionar la situación, ante el riesgo de estallar y ponerte a gritar como un energúmeno, desconectas el cerebro racional y pasas a un modo de ahorro no tan profundo como para mearte o cagarte encima, pero sí lo suficiente como para poder ver lo que haces, caminar sin caerte y escuchar sin estar del todo presente, por si oyes una bomba estallar o similar.

Escuchas y asientes, "lo que te parezca bien", "como tú digas", "el gris, sí", "ah, ¿que prefieres el marrón? Pues sí, ahora que lo dices mejor marrón", como una veleta que se mueve con el viento. "Be water, my friend", recuerda las enseñanzas del maestro Bruce Lee. Amóldate al recipiente. Sigue la estela que marca ella. No es dejadez, es supervivencia.

"Haz lo que quieras"

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De vez en cuando, de entre todos los hombres, uno rompe con la tendencia y se desmarca con gusto propio, con mucha personalidad y con una decisión a la hora de tomar decisiones nunca vista. Tanta, que es capaz de llevar la contraria a su pareja e insistir hasta que ella le dice "bueno, haz lo que quieras".

Ay, amigo. ¿Ha cedido? Para ti no es más que una situación cualquiera en la que ella te da la razón, como tantas en las que tú le das la razón y luego ni recuerdas. Pero para ella se convierte en un asunto de estado. Reza por que tu opción no falle nunca, jamás. Reza por que quede bien. Reza por que nunca pueda decirte "¿ves? si hubiéramos hecho lo que yo dije..." porque tu opción se convertirá en un trapo sucio. Uno de esos que sale en todas las discusiones. Dará igual que estéis discutiendo por otra cosa: "Te dije que hoy tenía cosas que hacer... no podemos ir a casa de tu madre a comer", y te responderá "¿Cómo que no? ¿Me hiciste poner esta mesa tan horrorosa y me dices que tienes cosas mejores que hacer que ir a ver a mi madre?".

Así que tú verás si quieres arriesgarte a ello. Yo te sugiero moverte siempre entre los tres consejos ofrecidos, saltando de uno a otro. En todo excepto en lo de la tele. Ahí tienes que hacer lo posible por convencerla de que más grande es mejor... si hace falta negocia: "pinto yo solo toda la casa si me dejas poner la de 60 pulgadas". "¿Sesenta? ¿Estás loco?". "Bueno... pues pintura y un masaje cada noche durante un mes y me conformo con 50".

Y si no lo consigues valora la opción de poner un proyector... unos meses después. Yo lo conseguí, ni sé cómo. Ahora los hay bastante pequeños, la pantalla es enorme y tiene algo que les encantará: se recoge y no la ve. Y siempre puedes decirle aquello de "será como ir al cine, cariño. Con lo que te encantan las películas de amor".

¿De verdad hay que dejarles a ellas que lo decidan todo?

Es mi consejo, pero haz lo que consideres mejor. Ahora, luego no me digas que no te lo avisé. Además, no sé cómo lo hacen, pero al final queda bien. Puedes estar en total desacuerdo y pensar que quedará fatal, pero luego pasa el tiempo y te das cuenta de que acertó. Y si no lo hizo, cállate tío, ¡que conseguiste las 50 pulgadas! (que era lo único que te preocupaba, ¿no?).

Fotos | iStock

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