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Sobre los hombros de Cary Grant, nacido Archibald Alec Leach, descansaba Hollywood, tal como lo hacía sobre las caderas de Ava Gardner o el escote de Marilyn Monroe. Ahora que el cine y las pasarelas recuperan la rotundidad del músculo y la curva, ahora que parece que la fascinación por la delgadez disminuye su fiebre, está bien recordar que hubo un cine dorado de cuerpos fuertes con personalidades de hierro. Mi percepción de Cary Grant en la pantalla fue siempre la del hombre más sensible con la espalda más ancha del celuloide.

Su desaparición hace justo 25 años nos sirve como excusa para un homenaje que no la necesita. Ya no hay galanes posibles, el término ha envejecido mal con el tiempo y ha quedado asociado a un tiempo histórico; lo único que nos quedan son guapos oficiales o noveles que además saltan al ojo público de forma precipitada, a veces aún en la adolescencia. No importa demasiado mientras nos acordemos de que hubo una época en que un galán copaba los sueños de los espectadores/as de medio mundo: Cary Grant, la materialización del concepto.

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Su envergadura masculina, su porte sin fracturas, los trajes siempre perfectos, su peinado engominado a lo Superman, no hubieran sido suficientes para convertirle en el galán romántico de Hollywood, nunca lo fueron para nadie. Había algo más, un encanto frente a las cámaras que algunos llaman talento. Generaba química, atraía miradas y conseguía dar la réplica sin apuro a las actrices del momento: Marlene Dietrich, Silvia Sidney o Mae West.

Hitchcock, maestro de mucho, también de la elegancia, vio pronto su potencial de irresistible gentleman y, de nuevo confiando en sus hombros anchos, le regaló los papeles protagónicos de cintas como Sospecha, Encadenados, Atrapa a un ladrón o Con la muerte en los talones. Verle moverse por la intriga y el riesgo sin despeinarse, sin una arruga en la ropa, con tanta naturalidad a pesar de tan formales vestuarios y comprometidas tomas resulta casi irritante.

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El verdadero caballero, el galán indiscutible, se prueba a sí mismo con el sentido del humor, y Grant brillaba en las comedias. Mis favoritas son las que compartió con la gran Katharine Hepburn, esa fiera de la interpretación y la vida. Con ella y con el director George Cukor formó un trío prodigioso en éxitos como La gran aventura de Silvia, Vivir para Gozar y un último tesoro llamado Historias de Filadelfia: sombreros, corbatas, chaqués, equipos de golf, teatro del gesto y sonrisas que detenían el mundo.


Lo más atractivo de Hollywood es su gran mentira orquestada y consumida sin culpa. A pesar de estar considerado el perfecto caballero, el hombre que irradiaba masculinidad y clase, la pareja perfecta para cualquier chica bonita que los productores decidieran contratar, por todos es sabido que Grant mantuvo algún que otro romance homosexual, lo cual, por supuesto, no sólo no desmerece su título de seductor sino que le confiere matices aún más influyentes para la cultura que le sucedió.

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